Un problema de ego. Equilibrando entre vanidad y humildad

Llegó el 10 de abril de este año, Día del Investigador Científico. Sin embargo, es una fecha que suele pasar completamente desapercibida. Mucha gente en Argentina ni siquiera sabe que existe, y eso refleja un problema profundo: la invisibilización del trabajo científico. Yo comparto la existencia de este día en redes sociales y, gracias a ello, algunas personas se dan por enteradas y algunos hasta me felicitan. Pero en términos generales, los científicos hemos sido vilipendiados, menospreciados, castigados y desplazados. Y pese a todo, seguimos siendo una parte esencial de la sociedad. Muchos de mis colegas físicos tienen un ego enorme. Yo, en cambio, me siento cada vez más alejado de esas actitudes. Me asquea tanta egolatría, tanto egocentrismo, esa obsesión con mirarse el ombligo creyéndose premios Nobel. Siempre he intentado practicar la humildad, aunque reconozco que eso, a veces, me ha jugado en contra. Esa humildad mal entendida me llevó incluso a desvalorizarme, a no saber bien cuál es mi verdadero valor, a no saber apreciarme. Y eso también es un error. Porque cuando uno no se valora, los demás tampoco lo hacen. La egolatría me parece un pecado capital, detesto a quienes se autoperciben como grandes cuando no lo son. Prefiero la humildad, aunque no sé si en ella hay grandeza. El problema aparece cuando uno es demasiado humilde y termina transmitiendo inseguridad, incluso hacia uno mismo. Creo que parte de la lucha espiritual consiste justamente en encontrar ese equilibrio: no caer en la vanidad, pero al mismo tiempo reconocer y sostener con firmeza el verdadero valor de uno mismo. En esa lucha, todos los días estoy...

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